En la historia naval moderna, pocas escenas son tan icónicas como la de un avión despegando desde la cubierta de un portaaviones. Durante décadas, esa imagen estuvo ligada al silbido del vapor y a la fuerza bruta de sistemas que, aunque eficaces, respondían a una lógica mecánica propia del siglo XX. Hoy, China ha decidido reescribir ese libreto con electricidad.

El Fujian, tercer portaaviones del gigante asiático, acaba de ejecutar con éxito una maniobra que marca un antes y un después: el lanzamiento y recuperación de tres aeronaves diferentes mediante catapultas electromagnéticas. El ejercicio incluyó al veterano J-15T, al furtivo J-35 y al KJ-600, un avión de alerta temprana concebido para ampliar el alcance sensorial del grupo de combate. Tres aviones, tres misiones y un mismo mensaje: la tecnología ya no es teoría, es práctica sobre cubierta.

El simbolismo es evidente. No se trató de una prueba discreta, sino de una demostración pública, alineada con las celebraciones del 80º aniversario de la victoria en la Segunda Guerra Mundial. En otras palabras, no solo era un examen técnico, era también una puesta en escena estratégica.

La relevancia está en el detalle: el paso del vapor al electromagnetismo multiplica las capacidades operativas. Con este sistema, un portaaviones puede lanzar tanto drones ligeros como cazas de gran tonelaje, reduciendo vibraciones, ruido y estrés mecánico. El resultado es una cubierta más eficiente y un ritmo de operaciones sostenido con menos mantenimiento. Solo Estados Unidos, con el USS Gerald R. Ford, había logrado integrar con éxito este tipo de catapultas. Ahora China se convierte en el segundo actor en alcanzar ese nivel tecnológico.

¿Está listo el Fujian para operar como punta de lanza en alta mar? Todavía no. El buque permanece en una fase inicial de entrenamiento y ajustes, y necesitará acumular cientos de horas de mar antes de ser considerado plenamente operativo. Sin embargo, lo conseguido ya es significativo: Pekín ha demostrado que dispone de la ingeniería, la industria y la ambición para romper un monopolio tecnológico que hasta hace poco parecía intocable.

El Fujian no es solo un portaaviones en pruebas; es la señal de que la competencia naval entra en un terreno distinto. Cada despegue eléctrico no es únicamente un logro técnico, sino una declaración de intenciones. La pregunta que queda abierta no es si China podrá consolidar esta capacidad, sino cuánto tardará en convertirla en rutina dentro de una flota que aspira a operar de manera sostenida en los océanos del mundo.

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