
En 1982, mientras Ridley Scott deslumbraba al mundo con Blade Runner, otra película abría un camino completamente distinto para el género: Tron, dirigida por Steven Lisberger. Lo que en su momento parecía un experimento arriesgado con gráficos generados por computadora terminó siendo un parteaguas en la historia del cine.
La cinta sigue a Kevin Flynn (Jeff Bridges), un programador que, tras un accidente, es transportado al interior de un sistema digital. Ahí, atrapado en un mundo dominado por programas y juegos de combate, deberá enfrentarse a una simulación que pone a prueba tanto su ingenio como su humanidad.

Lo que convirtió a Tron en un clásico no fue solo su historia —tan impregnada de la estética arcade de los ochenta—, sino la manera en que visualizó lo imposible: por primera vez, la gran pantalla fue escenario de gráficos creados por computadora, lo que hoy conocemos como CGI. Aquella apuesta, que en su día fue vista como un riesgo casi experimental, sentó las bases de cómo se construirían mundos enteros en el cine moderno.
Sin Tron, probablemente las sagas de ciencia ficción que hoy consideramos icónicas tendrían un aspecto muy distinto. Su legado es la prueba de que la innovación tecnológica también puede ser un acto de imaginación artística.

Hoy, más de cuatro décadas después, Tron sigue disponible para revivir en Disney+, acompañada de su secuela Tron: Legacy. Una oportunidad para recordar que el futuro del cine comenzó, en gran medida, con una película que se atrevió a mirar dentro de la pantalla.




