Una cueva cerca de Waitomo, en la Isla Norte de Nueva Zelanda, acaba de abrir una ventana a un mundo que desapareció mucho antes de la llegada humana.
Dentro de esta cueva, investigadores de Australia y Nueva Zelanda encontraron fósiles de aves y ranas que vivieron hace aproximadamente 1 millón de años. El hallazgo incluye restos de 12 especies de aves y cuatro especies de ranas, algunas de ellas desconocidas o muy distintas a las que existen actualmente en el país.
Lo más interesante es que estos fósiles muestran que la fauna de Nueva Zelanda ya estaba cambiando de forma profunda mucho antes de que los humanos llegaran a las islas, hace unos 750 años. Durante mucho tiempo, la historia de las extinciones en Nueva Zelanda se ha explicado principalmente por el impacto humano, pero este descubrimiento muestra que la naturaleza ya llevaba cientos de miles de años reescribiendo el ecosistema.
Según los investigadores, el paisaje de la región fue transformado por erupciones volcánicas masivas y cambios climáticos rápidos. Estos eventos alteraron bosques, matorrales y hábitats completos, provocando la desaparición de varias especies y dando oportunidad a que otras evolucionaran.
Uno de los fósiles más llamativos pertenece a Strigops insulaborealis, un antiguo pariente del kākāpō. El kākāpō actual es un loro nocturno, pesado y no volador, famoso por ser una de las aves más singulares de Nueva Zelanda. Pero su pariente de hace un millón de años pudo haber sido diferente.
El análisis de sus huesos sugiere que tenía patas menos robustas que el kākāpō moderno. Como el kākāpō actual depende mucho de sus patas para trepar y moverse, los investigadores creen que esta especie antigua quizá pasaba menos tiempo escalando y podría haber conservado cierta capacidad de vuelo. Aun así, esta idea todavía necesita más evidencia.
La cueva también contenía restos de un pariente extinto del takahē, otra ave emblemática de Nueva Zelanda, y de una paloma extinta relacionada con las palomas bronzewing de Australia.
La datación del sitio fue posible gracias a dos capas de ceniza volcánica que encerraban los fósiles. Una capa corresponde a una erupción ocurrida hace aproximadamente 1.55 millones de años y la otra a una erupción masiva de hace cerca de 1 millón de años. Esto permitió ubicar los fósiles dentro de una ventana temporal muy precisa.
El descubrimiento es importante porque llena un enorme vacío en el registro fósil de Nueva Zelanda. Hasta ahora, los científicos tenían buenas muestras de ecosistemas mucho más antiguos, de hace entre 20 y 16 millones de años, y también de periodos más recientes. Pero el intervalo intermedio era mucho menos conocido.
Este hallazgo no solo revela especies perdidas. También muestra que la biodiversidad de Nueva Zelanda fue moldeada por una combinación de volcanes, clima y evolución mucho antes de que los humanos entraran en escena.
En otras palabras, la cueva funcionó como una cápsula del tiempo: conservó restos de un ecosistema desaparecido y permitió reconstruir una parte de la historia natural que prácticamente estaba en blanco.












