El deshielo del permafrost suele relacionarse con la liberación de gases de efecto invernadero. Sin embargo, una nueva investigación revela que este proceso también puede activar un mecanismo geológico capaz de retirar parte del dióxido de carbono de la atmósfera.
Un equipo internacional descubrió que la degradación del suelo congelado expone minerales y aumenta el contacto entre el agua y las rocas. Esto acelera la meteorización química, un conjunto de reacciones naturales que puede consumir CO₂ y trasladar el carbono hacia los ríos en formas disueltas.
El hallazgo no significa que el deshielo sea beneficioso para el clima. Más bien, muestra que el ciclo del carbono en estas regiones es más complejo de lo que se pensaba y que algunos modelos climáticos podrían estar ignorando un proceso relevante.
Un estudio de 50 ríos
Los investigadores analizaron 50 ríos distribuidos por la meseta Qinghai-Tíbet, considerada la mayor región de criosfera de gran altitud fuera de las zonas polares.
El área estudiada abarca aproximadamente 780,000 kilómetros cuadrados e incluye las cabeceras de algunos de los sistemas fluviales más importantes de Asia.
Para entender cómo cambia el ciclo del carbono conforme desaparece el permafrost, el equipo combinó mediciones de emisiones fluviales de CO₂, concentraciones de carbono orgánico e inorgánico, trazadores isotópicos y modelos geoquímicos.
Los resultados mostraron que, al disminuir la cobertura de permafrost, las emisiones de CO₂ de los ríos tendían a reducirse, mientras que los productos generados por la meteorización de las rocas aumentaban.
Las rocas también participan en el ciclo del carbono
Cuando el permafrost se descongela, la materia orgánica almacenada durante miles de años queda expuesta. Los microorganismos pueden descomponerla y liberar dióxido de carbono o metano, reforzando el calentamiento global.
Al mismo tiempo, el deshielo deja al descubierto minerales que antes permanecían congelados. Cuando el agua entra en contacto con estas superficies, se producen reacciones químicas que, dependiendo de la composición de las rocas, pueden consumir CO₂.
Este mecanismo geológico compensó, en promedio, cerca del 35% de las emisiones fluviales de CO₂ registradas en la zona estudiada.
En cuencas con permafrost continuo, la compensación fue de aproximadamente el 15%. En algunos lugares donde el permafrost ya era discontinuo o aislado, la captura calculada llegó a superar las emisiones de CO₂ de los propios ríos.
Esto no significa que toda la región se haya convertido en un sumidero neto de carbono. La comparación incluye únicamente la captura asociada con la meteorización y las emisiones fluviales analizadas, no todas las emisiones terrestres ni el metano liberado por el deshielo.
Un proceso ausente en muchos modelos climáticos
El estudio demuestra que los ciclos biológico y geológico del carbono están estrechamente conectados. Para calcular el impacto climático del deshielo no basta con considerar la descomposición de materia orgánica: también deben incluirse las reacciones que ocurren entre el agua y las rocas.
Los autores advierten que este mecanismo no debe interpretarse como una solución natural al cambio climático. Algunas formas de meteorización pueden liberar CO₂ y sus efectos dependen de la geología, el clima y las condiciones de cada cuenca.
Además, los resultados corresponden a la meseta Qinghai-Tíbet, por lo que será necesario estudiar otras regiones antes de determinar su importancia a escala global.
Aun con estas limitaciones, el descubrimiento revela una pieza poco considerada del ciclo del carbono y podría ayudar a construir modelos climáticos más completos sobre el futuro de las regiones congeladas.











