Este 29 de octubre, una tradición popular vinculada con las celebraciones del Día de Muertos dedica un espacio para recordar a las personas que fallecieron por ahogamiento o en accidentes relacionados con el agua, así como a las ánimas que partieron sin que nadie las reclamara.
En una entidad rodeada de ríos como el Grijalva, el Usumacinta, el Samaria y el Puyacatengo, el agua forma parte de la vida cotidiana y también de historias marcadas por la pérdida. Para algunas familias ribereñas, esta fecha representa una oportunidad para honrar a quienes murieron en sus corrientes y mantener vivo su recuerdo.

De acuerdo con esta tradición, algunas ofrendas incluyen un vaso de agua fresca, veladoras blancas, flores de cempasúchil, copal y alimentos, elementos simbólicos que representan el descanso y la guía de las almas durante su regreso.
La costumbre también contempla un lugar para las llamadas ánimas solas: personas fallecidas sin familiares que las recuerden, sin una tumba identificada o lejos de su hogar. Un plato limpio, agua y una vela encendida simbolizan la voluntad de recibirlas y evitar que permanezcan en el olvido.
Más allá de las creencias, la tradición invita a recordar a quienes perdieron la vida en el agua y a reconocer el valor de la memoria, la solidaridad y el acompañamiento a las familias que enfrentan una pérdida.













